Neocaciquismo/ Democracia y
el empobrecimiento social
Por Cándido Mercedes
Vivimos en esta
sociedad, de caballo de Troya en caballo de Troya. Una sociedad bajo el amparo
del truco, de la mentira, de la simulación, el engaño y la triquiñuela. Una
sociedad que recompone de manera sempiterna las añejas relaciones negativas del
poder; actualizándolas permanentemente para no bosquejarse verdaderamente en lo
que es y significa la democracia. La democracia es la antípoda del caciquismo,
caracterizado este último por el miedo y la amenaza, por ser el dador y
dispensador de los favores.
El caciquismo
cuya expresión personalizada era el caudillo se constituía en el puente entre
la comunidad y el poder público. Hoy, ese caciquismo se recrea en un nuevo
neocaciquismo donde tiene como centro el Estado mismo, a través del dominio de
un grupo que se disemina por el rol tan estelar de los medios de comunicación.
La visibilidad de los actores es general y ello hace que sean menos; empero,
con más poder.
En el neocaciquismo
el Estado clientelar sustituye a los caudillos de las comarcas y el miedo y la
amenaza (la coerción) se anida en la persuasión, la cooptación de una hegemonía
cimentada en el aparato del partido que
es que guía de manera esencial los
resortes principales del Estado. El
neocaciquismo es la reproducción en la vida moderna del caciquismo que
constituye una rémora para la construcción de una democracia basada en la
justicia, en la equidad, en la igualdad de oportunidades, en la transparencia y
en el imperio de la Ley. Si el caciquismo era el caudillismo primitivo,
como señala Rodrigo Borja en su Enciclopedia
de la Política, donde el caudillo rico, terrateniente, daba dinero y
especies para alcanzar que los seguidores fueran incondicionales; en la etapa actual
los neocaciquistas utilizan el Estado como bandera para la incondicionalidad y
no se desdibuja la diferencia con el aparato partidario
Los aquelarres de
esta vesania defienden a sus miembros y sus directivos más allá de toda actitud
razonable. Los hechos, datos, cifras y escenarios incontrovertibles no existen.
Para ellos, toda crítica es POLITICA y nada más, como si ellos no fueran la
fuente y génesis de la política. La política es solo silogismo de una realidad
que le golpea palmariamente.
El neocaciquismo,
negación de la democracia, se expresa a través del barrilito, del cofrecito, de
un Estado que paga al 45% de sus empleados RD$5,117.00 pesos mensuales; en
cambio, ese mismo Estado tiene funcionarios ganando un millón de pesos y
actualmente, en el trabajo del Banco Mundial “Los olvidados: Pobreza crónica en ALC” nos dice que República
Dominicana tiene una pobreza crónica de 25.6%, mientras que el promedio de la Región
es de 21.6%. La pobreza transitoria en nuestro país es de 8.6% y el promedio de
la Región es de 4.2%.
Es ese
neocaciquismo que descompone la democracia y subvierte su horizonte para
apalancarse y reproducirse en una mayor concentración de la riqueza y en una exagerada desigualdad social;
pautando un empobrecimiento social que acogota el alma e impide alzar los
vuelos de los sueños, de las utopías y esperanzas. Un 80% de la población no
percibe que podrán salir de sus condiciones materiales de existencia. ¡Y… ese
es el gran peligro para el stablishment!
El estudio del
Banco Mundial “Los olvidados: Pobreza
crónica en ALC” de Renos Vakis, Jamele Risolini y Leonardo Luchetti nos
dice que “Una faceta adicional de la dramática reducción de la pobreza es el
surgimiento de una amplia clase media en ALC, la cual se incrementó de
alrededor del 23% de la población en el 2003 a 34% en el 2012…” En otro estudio
denominado Cuando la prosperidad no es compartida
nos dice que el promedio de clase media en Dominicana es 23% y que la pobreza
en la Región es de un 28% de promedio y nosotros de 42.7%. Esto es sin contar
los sectores “vulnerables” que se mueven en un péndulo entre clase media y
pobre que son 23%.
La actual
concepción del Estado, neocaciquista, que no le interesa articular la sociedad
con el Estado a través de políticas públicas más allá del neocaudillismo,
exacerbado en la figura del Presidente como el Dios salvador, que anhelamos su
llegada para la salvación de los males y para que ellos se conjuren con su
presencia y disposición. El coro de la complacencia del crecimiento económico,
que todos sabemos que es necesario pero no suficiente, genera una atonía
trepidante, lo que se verifica en el conformismo
social. Un andamio de desidia caracteriza el estado mental de una buena
parte de los dominicanos y dominicanas.
Estamos frente a una sociedad caracterizada por atajos,
donde el silencio y la edulcoración es la pantomima de un ventrílocuo que se
regodea en el engaño y proclive a unos egos que ya no guardan el sentido del
ayer. La cultura de ningunear se le agota en su partida y su final. Las perplejidades
que estamos viendo no son si no los tornados, huracanes, vientos y olas de un cambio social que se advierte en medio
de la crisis del sistema de partidos.
Los conciliábulos
de la partidocracia que expresan en sus decisiones y acciones un encefalograma
plano que le impide ver la realidad y las necesidades de la sociedad y solo ver
sus intereses particulares y su bienestar de vida, en el auge declinante de su
neocaciquismo que genera el empobrecimiento social, augura la emergencia de un
nuevo espacio oficial de la política. ¡Coadyuvemos a un nuevo estado mental
donde la gente entienda que una mejor
sociedad es posible y que el caos y la pobreza crónica no son un designio
del destino!
